jueves, 30 de diciembre de 2004


No daba tamaño. El soldadito de plomo se había quedado chiquito y modesto para ser soldadito. Vino al mundo contrahecho , lleno de rebabas y poco marcial en el paso. Lorenzo, el operario del turno de noche de la fábrica de juguetes lo mandó a la caja de desechos. De la caja de los desprecios saltó a la furgoneta que recorría el horno viejo cada madrugada y en apenas unas horas estaba licuándose a mil grados kelvin. Con la masa incandescente hicieron botones metálicos para gabardinas que empaquetaron en bolsas individuales. El operario encargado de revisar los botones desechó al botón que había sido soldadito y lo mandó refundir. En su tercera reencarnación adoptó la forma de fusible y pasó dos semanas en la sección de electricidad de unos grandes almacenes hasta que fue adquirido por un operario de la fábrica de juguetes. El operario Lorenzo cambió los viejos fusibles de la instalación doméstica y en el momento de accionar el interruptor saltaron los plomos quedando la casa entera sin luz y en silencio, justo cuando el corazón del soldadito se partía en dos al ser fulminado por un latigazo eléctrico . Y todo porque no daba la talla.

(Nota: Este relato se ha publicado hoy en Tentaciones del diario "El País" )

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lunes, 27 de diciembre de 2004


Cosas que hacen que la vida valga la pena: Una tarde de sesión doble de cine ( Luna de Avellaneda y Cosas que hacen que la vida valga la pena) , un paseo por Gran Vía, una sonrisa, una canción , un vuelo en ultraligero, tocar un instrumento, un viaje a un sitio desconocido, un buen libro, una Luna como la que brilla esta noche, el sonido del mar, caminar descalzo por la playa, un cuento de Cortázar, las chuches, un helado, un parque con patos, hacer deporte, mimarse , mimar a alguien, la mano de la mujer más guapa del mundo acariciando la mía, que alguien crea en mí, creer en alguien, tener cosas que no tienes con nadie más, hacer un regalo , Roma, escribir , un abrazo interminable, una buena charla delante de un café, gustar a alguien, que nos guste alguien, que me miren de forma especial, que me vean como nadie me ha visto antes, la complicidad, desayunar dos veces, tener ideas, soñar despierto, un tumbadito de piano, los puestos del mercado, esa falda que te queda tan bien, estar sólo y tomarlo con serenidad, los mapas , los trapecistas, que se interesen por nosotros, los solomillitos, mi ciudad , esperar siempre algo mejor, no dejar de andar pese a todo, los buenos recuerdos, aprender la lección, crecer , sentirse especial, que nos hagan sentir especial , marcar la diferencia, que alguien vea en mí lo que nadie nunca vió, la esperanza de un mañana mejor, mirarse a los ojos y no apartar la mirada, ilusionarse de nuevo (no vale sentirse culpable), las mariposas, las cosquillitas, una puesta de sol, mis islas , dormir con alguien que te gusta, que alguien cuente conmigo, todo lo bueno que he dejado atrás, todo lo bueno que me espera, aprender de lo que no esperamos, tener metas alcanzables y realistas, Melisa, los trucos de magia, la música, estudiar, trabajar en algo que te gusta, la gente que te trata bien, los amigos de siempre y los que vengan, un cielo despejado, las estrellas, los días de lluvia, enamorarse de nuevo, conocer gente interesante, un taller literario, los dibujos animados , entenderse con alguien de manera única y especial, dar una sorpresa, las cartas beso, una viñeta de Forges , acariciar. Vivir.

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sábado, 25 de diciembre de 2004


El ilusionista seguía sin poder levitar. Buscó en Google todas las entradas para "levitar" y obtuvo cerca de 20.000 descorazonadores resultados. Filtró el contenido y redujo notablemente el número de sitios con información relevante. Estrechó el círculo y buscó por "ilusionistas que no pueden levitar". Sólo 45 entradas. De todo los que encontró, el buscador le remitió a una especie de rompecabezas cibernético, y fue entonces que no pudo dejar de leer:

...El ilusionista no podía levitar. A pesar de que seguía alimentando la vaga esperanza de volver a elevarse unos centímetros del suelo, intentó extender los brazos en el aire y las manos bien abiertas. Nada nuevo ocurrió...”

El ilusionista que no podía levitar buscó todas las maneras de seguir levantándose del suelo y no dejó de intentarlo. Nunca.

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miércoles, 22 de diciembre de 2004


Pinté la casa de azul añil tras la muerte de papá. Todavía hoy sorprende la singular arquitectura de los dos edificios de la esquina custodiados por un ramaje de cactus. Siempre me gustó la idea de vivir en casas separadas. Diego se sentía cómodo porque parecía -desde el punto de vista bohemio- una idea llamativa. La finca de Diego es de color rosa y más grande, con un amplio e iluminado estudio de techo alto donde entretenía a sus invitados, vendía cuadros y comía. La mía es azul, consta de tres pisos, también con mi propio estilo pero más pequeña. Están unidas por un puente en la azotea. En lo alto de los muros, de piedra volcánica del Pedregal, ollas de barro encajadas. En la pequeña azotea, sobre el ala vieja, caracoles marinos y un espejo. Para separar lo nuevo de lo antiguo, una tapia que divide en dos partes el jardín, en el que queda una fuente con un salto de agua, una pirámide escalonada y un cuartito independiente donde guardar la podadora. Si me enojaba con Diego, disponía de la posibilidad de cerrar la puerta que limitaba el puente de su lado de la casa y aislarme en mi propio mundo.

La mansión es grande, ocupa una cuadra y la mayor parte pertenece al jardín interior, donde tantas horas pasé sola o en compañía de Diego y su vasto círculo de amistades: alumnos, políticos, artistas, familiares o simples vecinos. Es un universo delicado, repleto, doliente y gozoso a la vez. En poco tiempo, mi actividad como profesora se vio interrumpida por problemas de salud. Confinada a guardar cama, recuerdo la habitación decorada con exvotos, juguetes de feria, abrecartas, figuritas de yeso, de alambre, de cartón, de azúcar, de papel de China, cartoncitos recortados, petates , huaraches, flores de cera, tocados, piñatas y máscaras; fotografías de seres queridos , armarios y repisas . A veces , me veo en el comedor presidiendo la mesa, vestida con galas para la ocasión, en reuniones de ambiente selecto. Flores, frutas y loza de barro adornan el resto de la estancia.

Me marchaba cuando descubría los engaños. Perdonaba a Diego y volvíamos a las casas rosa y azul. En aquellos años, yo también fui infiel y tuve por testigos silenciosos los espejos, el avioncito, las ventanas, los alcatraces, los colores y los muebles. Todos ellos ahora intactos; como los cuadros. Las puertas del inmenso estudio invitan a adentrarse y descubrir en un pequeño cuarto un bastón y un sombrero; subir las escaleras, entrar a la azotea, pasar el puente y cruzar ese otro universo: la casa azul y los pisos que ahora vuelven a ser amarillo congo.

En el estudio de pintura queda la silla de ruedas vacía frente a un caballete donde reposa inconcluso un retrato, el mío. Cuando se entra en la cocina, por las altas paredes, pegadas en filigrana, cadenas de diminutos pucheros van dibujando dos palomas de la paz con nuestros nombres entrelazados. Aunque caótica, siempre fui sumamente ordenada, llegando a convertirme poco a poco en una suerte de ordenador personal. Las vitrinas acristaladas del estudio dan prueba del cariño y fervor con el que archivaba cartas, facturas, recortes de prensa y cada recuerdo personal. Asimismo, libros de filosofía, poesía, arte y política, tanto en francés, español como inglés, se apilan en las estanterías junto a gruesos volúmenes de medicina, disciplina por la que Diego siempre se sintió atraído. Para contrarrestar la abundancia de objetos de todo tipo que conformaron mi mundo, nada mejor que respirar el aroma templado del patio interior, que es también un jardín tropical cuajado de flores y árboles con una fuente que arrulla. Un reino de sol, incluso a la sombra. Una siesta estival para días de alcatraces y tequila o de fiestas grandes con marcado sabor intelectual . Días de lágrimas, angustia y dolor.

Se dice que es una bendición nacer y morir en la misma casa. Yo tuve esa suerte, pues he nacido y he muerto mirando su jardín. El mismo jardín con un salto de agua, la pirámide escalonada y el cuartito independiente donde guardar la podadora.

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lunes, 20 de diciembre de 2004


"Estas galletas son menos dulces que las otras y no es que tenga ganas, pero me sientan bien. Como el zumo, que me sabe bueno y está fresquito. ¿Sabes?. La chica que se quedó la otra noche conmigo se quedó dormida en cuanto se fue tu padre. Se tumbó en la silla y cerró los ojos, no veas cómo roncaba. Al rato tuve frío y la llamé, pero nada. Tuve que insistir tres o cuatro veces lo menos hasta que se enteró y me ajustó la manta a mi gusto. Ay hijo mío, qué manera de soplar. El caldo me gusta menos, lo que te estaba contando, estas galletas son menos dulces y puedo masticarlas sin problema con mis tres dientes, aunque prefiero el zumo de piña. ¿Cuándo te vas a Holanda?. Ten cuidado con la carretera, que la gente va como loca pero yo se que tú no corres. ¿Verdad que no?. En fin, ¿qué estaba diciendo?, por la mañana cuando llegaron tus padres y los médicos, la enfermera dijo que se iba a descansar porque no había dormido en toda la noche. Pobrecica, yo qué iba a decir si ella es tan joven y guapa, necesitaría descansar con lo que trabajan. Ay hijico, no tienes ni idea de lo que es la tragedia de la viña : el que no come la diña. Ay si me dieras otra galletica más, que parece que me entran bien y no son tan dulces. Cariño mío".

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domingo, 19 de diciembre de 2004


Me gustan los Domingos, los que empiezan pronto y los de desayunar dos veces. Los de leer la prensa con detenimiento y los de echar de menos . Domingos de perreo y de morriña, los de escribir a ratos en la Moleskine y los de buscar fotos bonitas en Internet. Los de darse un descanso para pensar en la vida y los de otro cafecito más. Domingos para ir a ver a la mujer más guapa del mundo, los de jugar con Melisenda, Domingos para poder meterme contigo cuando te llegue otro mensaje al móvil de tu aprendiz de poeta. Domingos de callejear y de abrazos, de repensar y esperar, de canciones compartidas y de cuentos a media tarde . Me gustan lo que tienen los Domingos que no tienen otros días.

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sábado, 18 de diciembre de 2004


Entusiasmarse como niños es cosa fácil. Sal a pasear antes del taller literario, entra en Cálamo y pregunta por algún libro de cuentos de Roberto Arlt. Sorpréndete gratamente cuando León te muestra la antología completa medio escondida en la estantería de la letra A (colocada como para no ser descubierta) y demuestra agradecimiento. Aparta el libro como un tesoro sobre el mostrador y sigue buscando. Te quedan por descubrir colecciones completas de Moleskines, agendas con las tapas más bonitas que hayas visto, recortables de magos y Titanics y cartas-beso . Los libros siempre te encuentran a ti, nunca es al revés. Dirígete al taller con tu bolsa llena de cuentos y muestra el trofeo hinchado de orgullo. Entonces discute apasionadamente acerca de "Casa tomada" e inventa diálogos de encuentros ñoños. Sigue la conversación de los demás con los oídos bien abiertos. Acepta el ofrecimiento a una cerveza improvisada en el ascensor y enséñales un truco de magia. Busca la mejor compañía y desvanécete entre explicaciones de magos y prestidigitadores. Aún queda lo mejor del fin de semana. Vuelve a Cálamo el Sábado de mañana, las buenas costumbres han de repetirse . Te esperan más sorpresas, como esos libros de magia antigua, uno de ellos del Gran Robert-Houdin, las explicaciones de su Teatro Mágico bien merecen la mejor de tus entregas. Lo mismo un Vermout casero de sifón y esas papas con mojo del garito que encontró Patricia, comprar monedas de plata en los puestos de la plaza - ahora ya sabes distinguir las que son de Denver- y recorrer el paseo deteniéndose en los chiringuitos (esa bufanda te quedaría bien) y embobarte con barquitos de vapor y soldaditos de lata.

Pero espera, que aún te queda mucho que compartir, llama a tu mejor amigo (el de toda la vida) y resuelve el mundo mientras buscas sitio para aparcar. Un capuccino en el Café del Sur es un buen comienzo, un poco de comida hindú y unos quemadillos la mejor de las recetas para planear un día de vuelo a Santa Cilia y disfrutar de un bautismo en velero (y de vuelta a casa volando). Admíralo profundamente por cómo observa el mundo , programa una siguiente vez para visitar a ese compañero de escuela y degustar sus famosos solomillitos. No dejes de regarlos con un buen vino.

Conserva el niño que llevas dentro y sácalo a pasear por las calles de la ciudad, nota cómo te quema por dentro la vida y emborráchate de ella una vez más.

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jueves, 16 de diciembre de 2004


Ya va quedando menos de tí, de tus ganas de vivir, de tu luz y de tu sonrisa de ángel. Menos de tus manos arrugadas y de tus recuerdos dispersos, menos de tu coquetería y de tus batallitas con el abuelo. No encuentro la manera de decirte que no quiero que te vayas, que me encantaría (como te dije anoche) que vieras crecer a mis hijos y la parte de mí que no deja de ser cada día un poco más persona. La manera de soltarte la mano y decirte adiós, mientras te encargas de revivir las flores que encuentres a tu paso, ese paso del que también va quedando menos.

Va quedando menos tiempo, menos tardes para ver cómo te tomas la sopa y explicarte que no encuentro aún a la chica adecuada, para que vuelvas a decir que seguro que está cerca y yo no me doy cuenta. Y entonces bromeo y te digo una barbaridad que tú sigues con la cara desencajada por una mueca que termina en risa. Risa de la que va quedando menos. Todo es menos desde que sabemos que tienes prisa en partir.

Todo eso es lo que pienso mientras te miro, no puedes saberlo porque ya me encargo de que no me lo notes en la cara. Te saco la lengua y te despeino, te digo que pronto en casa volveremos a dejarte el pelo como a ti te gusta . Es posible que tú también nos engañes a tu modo, que te hagas la olvidadiza y que nos digas para consolarnos que te vas a quedar, pero yo creo que no, que no quieres quedarte porque ya lo has dado todo. Lo que siempre hiciste mejor, darte entera. Mientras tanto cuéntame otra vez esa historia, las de mi guardería y la de cómo te enamoraste del único hombre que amaste en tu vida, la de las veces que fuiste cocinera o enfermera, las aventuras de la guerra o lo malo que era mi padre a los quince. Yo no pienso dejarte, no podría, así que si me lo permites, esta noche volveré a tocar a la puerta de la 127 y te saludaré con mi mejor sonrisa, te besaré la frente y te diré que te quiero. Mil veces te quiero. Mil vidas te quiero.

Va quedando menos, hoy nos lo dijeron y se quedaron tan anchos. Están acostumbrados a las despedidas lentas y a las mismas caras de hermetismo de siempre. No entienden que cuando te vayas , mi parte de niño que iba a la guardería se quedará esperando en el patio a que me vengas a recoger y que , aún sabiendo que va quedando menos, te seguiré aguardando un poquito cada día.

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miércoles, 15 de diciembre de 2004


Se dio el caso nada común de que aquella noche de circo iba a ser la última de todas. Después de los biciclos y los trapecios no tardaron en aparecer los amantes bajo la formidable carpa.

Recorrer la distancia hasta el centro de la pista con cierta solemnidad no es asunto fácil. La dama de piel blanca se deslizó como sin quererlo hasta su galán de diseño oriental y el silencio pellizcó los palcos y las localidades más baratas. Dos saltimbanquis que miraban desde el gran telón se guardaron en el pecho dos quejidos de asombro y un grupito de varios niños malcriados dejó de lanzar palomitas a las señoras con cara de pez mientras que el más pecoso de todos se atragantó con el palo de una piruleta. Todo quedó en susto y reprimenda sin llegar más allá.

Para entonces sonaban cítaras y claves, un cuarteto de cuerda y un fagot. Los percusionistas danzaban en grupos organizados mientras improvisaban un ritmo imposible , desde el cielo vino a la pista una enorme serpiente roja de indescriptible textura, recia como una vela y vaporosa como una aparición, sobre la que se encaramó en un suspiro el galán de cuerpo trazado con tiralíneas. Se prendió de la enorme cortina roja y empezó a girar sobre ella hasta que fueron lo mismo, en ese instante describiría una trayectoria ascendente y circular, de paso que buscó con la mirada a la dama de piel blanca y ojos rasgados que esperaba como una bailarina preparada para su mejor salto. A mitad de la elipse atrapó a la mariposa que se dejó tomar. Alzaron el vuelo apresados el uno contra el otro, rodeado él de brazos al cuello y rodeada ella de manos a la cintura , describieron tantas piruetas inimaginables que los músicos dejaron de tocar y sólo se escuchó el sonido de aquel columpio de amantes oscilando y silbando sobre las cabezas y las bocas abiertas. Cimbreantes y serenos se olvidaron de la pista y de los focos, intuyeron que giraban y volaron lejos de toda previsión. Nunca el mismo vuelo cada noche, nunca la misma noche. A cincuenta pies de altura desplegaron sus alas permaneciendo en estado de ingravidez durante lo que a todos nos pareció eterno. Una vida entera enroscados el uno al otro y sin que nadie supiera la manera, tomaron la forma de un cometa rojo orbitando sobre la pista , atravesaron el espacio aéreo a la velocidad del rayo y se fundieron en uno abandonándose a la inequívoca forma de abrazo perfecto.

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lunes, 13 de diciembre de 2004


Todos los pasillos de hospital son el mismo pasillo de luz verde fluorescente y hormigas blancas entrando y saliendo de boxes y cajones con personas apagadas. Apagados los que están y los que van a ver a los que están. Luego se cuentan por cientos los que se rinden y los que no. Los que se ven en el papel de perfectos mercenarios del dolor y los que piensan enfrentarse a sus dragones de cada día.

La luz verde se hace blanca cuando Pilar sonríe. Cada vez sonríe menos, así que los momentos de luz son los menos. Las personas tienen la particularidad de encoger cuando están hospitalizadas, como si les quitaran el arrojo en el momento en el que entran por la puerta junto con las pertenencias y los anillos. Encogen de tamaño y de presencia. Les encoge la cara y el alma. Como a Pilar, que no parece Pilar porque no la recuerdo tan chiquita ni tan desfigurada, “Oigan , esta señora no es mi abuela”, pero si te fijas bien , si aprendes a mirarla, ves que sigue siendo la mujer más guapa del mundo y la reconoces. Siempre he dicho que Pilar es todo ternura, me cuesta contemplarla apagada sin sus enormes gafas de persona humilde y buena. Va empezando a tener el aspecto de alguien que está más en otro lado que aquí con nosotros, de alguien que ha emprendido ya el viaje y que va teniendo prisa por llegar. Al fin y al cabo, rendirse y dejarse querer requiere cierta humildad.

Así que me vuelvo más egoísta que nunca y hago mil fotografías mentales de su carita de tortuga arrugada, de sabiduría infinita y de bondad. La bondad que te da el paso de una vida entregada a amar incondicionalmente. Sus manos guardan la forma crispada de siempre, pero están encogidas, como agarrándose a una idea; la de marcharse con el abuelo. En realidad me gusta imaginarlos de nuevo juntos, como cuando ella le llamaba abuelo (nunca por su nombre) y él la llamaba chata . Chatica. Me gusta imaginarlos discutir con paciencia y aceptación mutua, conociéndose de nuevo por primera vez y dándose por entero el uno al otro. Echo de menos al yayo, los paseos por el parque recogiendo piñones caídos del cielo, su manera de andar las calles con su porte de galancito fino y delgado, sus lágrimas de impotencia cuando éramos traviesos en casa y su orgullo infinito cuando gané mi primer torneo de ajedrez. El mismo orgullo que sentí cuando supe que lo primero que hizo al salir del coma (que decían irreversible) fue preguntar por mí. La vida te muestra cierto tipo de milagros protagonizados por héroes verdaderos que no se pueden olvidar.

Por eso me quedo al lado de Pilar, besándole la frente mientras duerme y susurrándole un “te quiero mucho” al oído -no me oye- , así que guardo las sonrisas para cuando abra los ojos y me diga con un hilo de voz que ella también me quiere y apenas se le entienda porque le salen las palabras gastadas y rotsa. Le acaricio el pelo, nuestra manera particular de tener algo que es sólo nuestro. Se enfada a su manera. Le pongo el pelo de punta y protesta. “Abuela, pareces una bruja con esos pelos y los tres dientes que te quedan”. Abre los ojos buscando con la mirada y sonríe. Otra vez la luz que alumbra en ella a la hermosa mujer que cantaba en el patio mientras resucitaba flores y mañanas de posguerra. Es hermosa. Hermosa y noble. “Cuánto mal doy, hijo mío”. Sonrío y le susurro al oido que se quede un poquito más. Todavía es pronto.

Los pasillos se vacían de bullicio en el cambio de turno y los coches vuelven a la ciudad llenos de personas cansadas de ver a los suyos sufrir. No tengo prisa. Quiero llenar mis días de ella, de su hilillo de voz, de sus manos garfio y su carita de tortuga sabia, de todas las veces que decida sonreír y guiñarnos el ojo con gesto travieso. De su brillo y sus broncas cariñosas. Darle toda la risa que me quepa dentro para cuando deje de estar encogida entre las sábanas y se levante por su propio pie, el día en que el abuelo venga a buscarla y desaparezcan a la vuelta del pasillo, saludando con las manos y despidiéndose de todo el personal de planta mientras los ocupantes y las hormigas blancas rompen en un aplauso infinito y feliz.

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domingo, 12 de diciembre de 2004


Cuando te sientas poco importante, apenas del tamaño de una lenteja, corre a la estantería y abrázate a un libro. Procura tener siempre un puñado de gente selecta a la que acudir en estos casos. Permite que Cortázar te lea uno de sus cuentos con acento francés. Que Nabokov te envuelva con su cazamariposas, déjate seducir por las maldades de Silvina. No renuncies a la Barcelona y a los charnegos entrañables del gran Marsé. Que la depre no te impida paladear el cáliz incomparable de Vallejo. Que la albada te encuentre compartiendo farra con Gil de Biedma. No apartes los ojos del helado de Gioconda y de sus labios golosos. Sálvate y perdona todos tus pecados, lee en voz alta si escuchas en las sienes el rumor amenazador de las lágrimas. Invócalos a todos y no pases pena, irán llenando tu sala de estar, te birlarán el mejor de los sillones, se beberán tu coñac. Monta una gran fiesta de gente que vivirá para siempre, que ame el lenguaje y sus juegos como debe hacerse, que se permita ser radical y hablar con pasión de los buenos libros. Si tienes un momento, en medio de tal orgía, asómate al balcón y mira hacia mi azotea. Acuérdate de mí y rézame un poema, llénalo de enanos enamorados y de cajas de bombones que no se acaben nunca. Dibújame mi cuerpo con palabras para que yo pueda saber qué veías en mí cuando mirabas desde tus pestañas sorprendidas. Promete una segunda entrega de nuestra historia, yo buscaré incansable en las librerías de viejo hasta encontrarla. Cierra luego la ventana, con el infinito cuidado del lector conmovido que ha visto caer fulminada a Ana Ozores en el tablero de ajedrez de un mundo que no la comprendía. Y vuélvete con tus invitados, que la noche promete.

(Patricia E. Erlés)

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sábado, 11 de diciembre de 2004


Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible.

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viernes, 10 de diciembre de 2004


Le dijeron que Mari ya no está con nosotros, que ahora está en un lugar mejor. Mucho mejor. Le preguntaron si lo entendía y la mujer más guapa del mundo susurró que en cierta manera siempre lo supo, y todos nos dimos cuenta de su enfado con la vida. El día que se quebró un poquito más la corteza de su corazón y decidió seguir a su abandono, el justo instante en el que ella también deseó para sí misma volver junto al abuelo y que la encajonaran en los boxes de un hospital cualquiera para tomar la salida de una carrera que le llevara a un lugar mejor.

Su lugar mejor.

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jueves, 9 de diciembre de 2004


Mis fantasmas asustados se van dando con todas las puertas y tienen miedo a las tormentas y los animales de compañía. Anoche los sorprendí mirando debajo de la cama y dejando una luz encendida (azul o carmesí) por si las moscas. Ahora creo que son organismos más o menos agrupados pero capacitados para bien poco. Ya no son lo que eran. Uno de ellos ha venido tartamudeando hasta la cama, poco locuaz, venía a contarme que otro había cogido una indigestión con bombones y el más pequeño de todos no dejaba de estornudar. Se constipan con suma facilidad y se esconden en los armarios –entre los abrigos- para sentirse protegidos. El que me acompaña desde hace más tiempo, tiene crisis de identidad y se ha ido a un sicoanalista de métodos revolucionarios (con cámaras que graban detrás de los espejos) que fuma puros de manera muy molesta y en cuyo diván un ectoplasma apenas se siente cómodo. Le han detectado un complejo de inferioridad frente a otros fantasmas más distinguidos (véase la chica de la curva) pero apenas avanzan con la terapia. Al final mi fantasma acomplejado ha optado por el chocolate y el helado. Lo noto más descuidado que de costumbre y resulta evidente y notorio que ha caído en la más completa dejadez; sus sábanas están desteñidas y ya no resulta tan vaporoso como siempre. Parece una cortina temblorosa. Un espectro guiñapo.

Mis fantasmas asustados ya no resultan tan blancos ni ondulantes. Desafinan o se quedan afónicos con cada lamento y aparecen impuntuales pasada la media noche. A ratos se mueren del susto cuando alguien los fotografía con flash. Ya no arañan las puertas porque se han comido las uñas y ocupan sillas vacías sin que nadie les haga caso. Unos cuantos se metieron sin querer en el congelador y se han convertido en cubitos de hielo. El resto se escondió en la cesta de la ropa y han ido a parar a la lavadora para acabar en el tendedor, junto a la ropa interior de la abuela.

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miércoles, 8 de diciembre de 2004


Como últimamente ocurría que lloraba por todo, sólo le faltó que ella le pidiera que leyera un cuento en voz alta. Uno de Silvina al azar. Ojeó las páginas de color vainilla (acaso también era capaz de captar su aroma) , buscó entre los cuentos de funambulistas y cajas de bombones, los de fotografías y vestidos asesinos. Los de celos y dementes. Reparó en el título y empezó a leer. “Amé dieciocho veces pero recuerdo sólo tres”. Antes de concluir la primera página tuvo que buscar asiento, quizás porque recordaba las veces que amó y le daba vértigo mirar atrás en el tiempo desde semejante altura. Recién comenzada la segunda, tuvo que respirar fuerte y hondo, como queriendo llenarse del aire que notaba a faltar. Cuando la libélula preguntó qué ocurría se le quebró la voz. Silencio. El silencio que tiene un alma cuando cruje. No pudo terminar el cuento, porque cuando imaginó al enano horrible que canturreaba “Te quiero te quiero te quiero” le pareció cómico en primera instancia y tierno después. Se ahogó en sus palabras y tuvo que detenerse en todas ellas. Como últimamente ocurría que lloraba por todo, lloró de risa y de pena pero no necesariamente en ese orden.

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martes, 7 de diciembre de 2004


Desde el cielo un puzzle de piezas ocre y cobrizas. Un mosaico de serpientes de agua y autopistas que hacen zigzag rompiendo el paisaje en mitades distintas. Hoy he volado con Miguel. Mi amigo desde niños, el que más tiempo lleva en mi vida. El que se reía cuando le pegaba en el recreo , con el que descubrí los secretos de buen radioaficionado y nuestra primera emisora de radio pirata. El niño que creció y se volvió piloto.

No corren buenos tiempos y entonces decidimos cuidar más las cosas que valen la pena. La amistad es una de ellas. Por eso una opción como cualquier otra es encaramarse al cielo para mirar la vida desde las alturas, mirarla en tonos ocre y cobrizos, cuando el cielo está bajo y el sol se oculta cada vez más temprano. Es cierto que desde arriba el mundo se ve distinto. A mi me pasa, me pasa que me estoy vaciando, que estoy empezando de cero, que ando zigzagueando como un torrente revuelto que quiere desembocar y diluirse en algo más grande que uno mismo. Me pasa que la cartografía anda de capa caída. Por eso uno no puede rechazar volar nunca. Sobre todo si quien pilota es Miguel. Me cuesta hablar de las cosas que uno siente desde el aire, a mil pies de altura, con tu mejor amigo extendiendo los alerones y recogiendo el timón. “Coge tú los mandos” , me dice. Y me resulta imposible no meter morro y caer un poco en picado, quizás el reflejo de mi propio vuelo, de lo que ando viviendo estos días. Enseguida me enseña a enderezar el horizonte artificial, el rumbo. Joder, ojalá fuera tan fácil pilotar la vida. Girar 180 grados en el aire y dirigirte hacia otros lugares.

Desde el cielo , si piensas en los daños, siguen doliendo pero pesan menos. Son los daños a mil pies y subiendo. Luego pasa que aterrizas y pisas el mundo ocre y cobrizo, el de los días que zigzaguean rompiendo la vida en mitades distintas. Ahora que la meteorología no acompaña para el vuelo en tierra, queda confiar en otros vientos, en otros cielos y en otros mapas. Los daños pesan otra vez tal y como los recuerdo antes de despegar. Desde el cielo un puzzle de piezas ocres y cobrizas. Desde el suelo un jarrón roto en mil pedazos. Tiempo, tiritas, Loctite y un cazador de serpientes de lágrimas que reptan buscando unas alas.

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domingo, 5 de diciembre de 2004


Lo mejor para la tristeza, contestó Merlín, empezando a soplar y resoplar, es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa; puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas; puedes echar de menos a tu único amor; ver el mundo a tu alrededor devastado por locos perversos, incluso saber que tu honor es pisoteado por inteligencias inferiores. Entonces, sólo hay una cosa posible: aprender. Aprender por qué se mueve el mundo y lo que hace que se mueva, por qué giran los planetas. Por qué sonríe un niño. Es lo único que la inteligencia no puede agotar ni alienar, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca soñará con lamentar. De la que nunca se arrepentirá. Aprender es lo que te conviene. Mira siempre la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, por ejemplo, la única pureza que existe en las cosas. Entonces puedes aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis. Y después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina, geografía e historia, economía y pensamiento humano, puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada o pasar cincuenta años aprendiendo a empezar a vencer a tu contrincante en esgrima. Después de eso, puedes empezar otra vez con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra o tocar un instrumento.

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sábado, 4 de diciembre de 2004


La ciudad se quema justo el día en el que decido alimentarme sólo con manzanas y buenas intenciones. No es niebla, es humo lo que devora las calles y lo que me impide ver más allá de todo. Resuelvo postergar mi ingesta de manzanas y mantengo lo de las buenas intenciones. Salgo a la calle en busca de las sirenas y las luces de ciudad. No quedan sirenas y las luces de ciudad se han declarado en estado de excepción. Decido escribir algo incierto que no implique nada concreto. Sin llegar a ser ambiguo, busco la manera de decir que se ha quemado un edificio cercano, que hoy sólo comeré fruta y que todo va a salir bien.

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viernes, 3 de diciembre de 2004


Te ves confusa en la cocina y miras alrededor. Hay más gente. Unos ríen, otros simplemente no hacen nada. Sales a la galería queriendo escapar, queriendo saltar y estrellar todos tus espantos contra el cemento. Me miras y tampoco entiendes nada. -¿ Qué nos ha pasado ?, no eres quien creí conocer- y vuelves a querer saltar al vacío, quizás el golpe haga menos daño que los propios daños, quizás aquí termine todo. Inicias el vuelo decidida, sin acrobacias, te arrojas sin describir más trayectoria que la de la propia caída , flotas por un momento , abres las alas y tensas los brazos, tu pecho se llena de aire y sólo escuchas una tonada que silba palabras inconexas, las voces lejanas de la cocina quedaron atrás y nada puede detenerte.

Antes de aplastarte contra el suelo , una alfombra extendida como sin querer te empuja de nuevo hacia arriba a modo de tobogán al revés. No pienses nada. Escucha, ahora que estás a punto de abrir los ojos déjame contarte mi último cuento. La última vez que he temblado. Mis insomnios. No es mi voz, es el sueño de mi voz. Ya va siendo hora de remontar el vuelo, de alejarnos de la cocina y los gritos, de que me des la mano y sonrías. Miras de nuevo, ahora ya soy quien crees conocer y te susurro mis miedos. Preguntas qué hora es y te digo que no importa, porque en un rato quedarás dormida y aparecerás en un sueño nuevo. Ronroneas que me quieres y comienzas a bailar mirando a la pared que ya no es tal, ahora es un campo de girasoles dibujado sobre un mapa en blanco en el que pintas todo lo que esperas encontrar.

De un carromato de circo aparece un niño ilusionista que te concede un deseo. Viajas a mil lugares con sólo cerrar los ojos, con abrazar fuerte la almohada. Hay una fiesta en tu honor y sigues bailando alrededor de un árbol viejo y noble, los más ancianos del lugar aplauden tu risa y las niñas te arreglan el cabello. Miras cómo baja el río y suena el agua que corre. No es el sonido del agua, es el sueño del sonido del agua. Te ves parada en la cocina y miras alrededor. El agua sale indecisa del grifo y terminas de aclarar la taza. Estoy en la galería recogiendo tu ropa interior, también puedo abrazarte a la vez, agazapado a tu espalda, tapándote los ojos con mis manos. Cu-cú soy yo. Ahora que estás a punto de abrir los ojos, bailemos un tango.

..está amaneciendo...

Publicado por Puzzle a las 11:25
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jueves, 2 de diciembre de 2004


El viajero del asiento 23 me llamó la atención enseguida. Su cara pintaba una mueca gastada como su americana de piel . En las manos cobijaba un pájaro. Me quedé con las ganas de saber qué tipo de pájaro. De resto, no llevaba equipaje. Pasé las siguientes tres horas alternando mis propios pensamientos con miradas de reojo a los ocupantes del asiento 23. No era el único que había reparado en ambos y se adivinaban formas distintas de ver el asunto. Unos lo considerarían una crueldad, otros un ejercicio de confianza y conocimiento, de fe mutua (tu me cuidas , yo me dejo cuidar), pero quedaba claro que sin duda, la relación de convivencia venía de largo. Tampoco pasé por alto que el viajero -a ratos- hablara sólo (o quizás al pájaro) , y me confieso sorprendido por la ternura que me producía inventar una historia acerca de un hombre que como única compañía tenía un pájaro. Tampoco me extrañó al cabo de un tiempo , que el pájaro se quedara quieto con sólo ser acariciado o que contemplaran juntos el paisaje en formato cinemascope que iban dejando atrás. Como si supieran que el mundo real era lo que estaba al otro lado de la ventanilla y ellos estuvieran siempre en tránsito mirándolo desde dentro, ya fuera una jaula ya fuera un autobús. Por supuesto intenté no tomar partido, ni decidir si el pájaro debía ser liberado o por el contrario, el beneficio de aquella sociedad limitada era mutuo. Sólo lo intenté, porque al rato creí ver en la mirada del viajero del asiento 23, que en realidad, era él quien no era libre, que su jaula era el autobús y el pájaro , su carcelero.

Publicado por Puzzle a las 0:34
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miércoles, 1 de diciembre de 2004


En cierta ocasión los niños soñaban con trenes eléctricos y las niñas con muñecas. Las muñecas soñaban que eran niñas que soñaban con muñecas . De todas las niñas-mujer, hubo una que soñaba con mantitas eléctricas de abrazos, que sólo de ponértelas te daban calor y abrazos de soldaditos de plomo, de galancitos soñados, destellos y fulgores de mimos y cariño. Era cuestión de cubrirse desde los pies a la cabeza y abrigarse tanto como fuera posible. De todos los regalos, ese era el mejor. La niña-mujer soñaba y pensaba en un niño-hombre que escalaba su cuerpo hasta el cuello y se encaramaba a él como el más arriesgado de los alpinistas. Luego se descolgaría para seguir abrazándola y aún con todo temblarían como la primera vez que se abrazaron y temblaron ; la noche que los trenes eléctricos quedaron quietos en el andén construido con piezas de Lego y las muñecas soñaron que eran niñas que soñaban con muñecas que soñaban que eran niñas.

Publicado por Puzzle a las 6:25
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