sábado, 31 de diciembre de 2005




Mentiría si dijera que todo esto que está terminando (no sé que prefiero, si un gerundio o un participio) fue malo, que el año se llevó tantas cosas que nada quedó, o lo mismo mentiría si dijera que no te quiero o que dejaré de hacerlo alguna vez, si pensara que nada fue enteramente cierto o enteramente nuestro. Mentiría. Lo reconozco, mentiría si fuera necesario una y otra vez, con tal de no olvidar que lo que tuvimos lo tocábamos con la punta de los dedos conforme íbamos abriendo habitaciones secretas de ciudades que nunca antes habíamos pisado y luego apartábamos las telarañas y los miedos. Mentiría si dijera también que volverás. Eso no ocurrirá, pero todo lo demás es tan hermoso o tan verdad en mis costillas que te cambio tus doblones de oro por mis medios dólares de plata y aún así lo dejaría todo tal y como fue.

Y sabes, sé que lo sabes, que mentiría si dijera que no duele, incluso -lo reconozco- empezaría a faltar a la verdad si no te dijera que ahora duele pero un poquito menos, que duele cada vez menos. Y yo le digo así adiós con la manita al dolor, con un pañuelo violeta de seda que me encontré en un maletín de un mago portugués en Los Alpes. Y no preguntes, pero sé que era portugués y tenía una amante que cantaba fados entre bambalinas, y claro, el cuentito es mío y hago con mis magos lo que quiero. Así que digo adiós -sigo diciendo adiós- con la manita al dolor, viéndolo alejarse contigo y tú subida en una luna lunera, más redonda y blanca que una verdad, dejando una estela con regusto a pomelo y a tu olor de pelo, a tus cosas buenas y a tu mundo entero. Mentiría, y esto es también otra certeza, si dijera que no quiero que te vaya bueno.

Publicado por Puzzle a las 23:59
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jueves, 29 de diciembre de 2005


Apareció en lo alto del viejo armario la caja de zapatos, y dentro de la caja, las cartas, cartas con remites de personas de las que ya no recordaba nada, únicamente notas sueltas de alguna delicada melodía que a veces acostumbraba a sonar y de la que nunca fui capaz de recordar el título, tan sólo la tonada. Dentro de las cartas, las letras desprendidas, como aquellas sopas de letras que tomábamos ardiendo de pequeños y que jugábamos a juntarlas para conformar nombres y palabras que aprendíamos en clase de la señorita Amparo. Nombres propios de montañas y de ríos, nombres de chicas que me gustaban y que nunca me miraron porque preferían al capitán del equipo de futbito. Luego, claro, la sopa se quedaba fría.

Volví a cerrar la caja de zapatos para agitarla, como queriendo verificar su contenido. Sonaba como un reloj de arena o una bolsa de canicas, a veces suave a veces duro. Luego acerté a entender el sonido aquel, la caja murmuraba como un palo de lluvia, el sonido exacto de las letras deslizándose como en un tobogán. Era innegable entonces que en aquel continente de cartón quedaban sueltos pedacitos de personas y de vidas que no alcanzaba a recordar pero que una vez fueron (o para las que una vez fui) lo suficientemente importantes o importante como para mandar o recibir cartas, cartas que a veces contenían fotografías de azafatas holandesas, de algunos besos perdidos en la puerta de un Corte Inglés cualquiera con aquella novia asturiana, pañuelos de seda verde que llegaban de Toledo con olor a flores, ¿recuerdas? y la pequeña cajita de música y la pulserita de la suerte para el año que todavía estaba por llegar.

Intenté hacer un análisis grafológico del asunto, algo más metódico y eficaz: averiguar cualquier dato que me ayudara a recordar algo de alguna de todas aquellas personas, un trazo, una manera de concluir la lazada final, algún puntito negro o azul de los que tampoco llegaría a saber si pertenecieron a una "i" o a una "j". Tomé una lupa, la más grande de mi colección, y no conté con que las letras -asustadas- al ver desde el fondo de la caja aquel ojo de cíclope inquisidor, echarían a correr despavoridas, siendo enteramente conscientes del límite carcelario de la caja, se agolparían en una esquina y empezarían a organizarse en lo que al principio fue un pequeño tumulto de letras alborotadas. Las mayúsculas tomaron el control y establecieron el criterio: las minúsculas y las vocales primero, que cada una llevara consigo cualquier signo de puntuación, cualquier acento, cualquier falta de ortografía (por muy aberrante que pudiera llegar a ser) y abandonaran calmadamente la caja. Aunque se escucharon algunas protestas, todas y cada una de las letras obedecieron finalmente. Las mayúsculas establecieron la base -una sólida plataforma de letras entrelazadas, más bien abrazadas y esperando el peor de los finales- de lo que sería una gran montaña de letras, aguantarían el peso de las demás, que intentarían alcanzar una altura superior y a su vez, ayudar al resto de las letras a salir de aquel continente en peligro. Ya asomaba por la caja el pico de la montaña y saltaban al exterior algunas letras, las más valientes o las más atléticas, o simplemente, las mejor posicionadas. El sonido ya no era el de un palo de lluvia, sino el de un rumor épico e incontenible.

Reptaba por la mesa una “s”, rodaba una “o” cuando un golpe de cierzo abrió con una furia desmedida la ventana y se llevó para siempre la montaña de letras, los suaves trazos redondeados, los puntitos y las comas, los acentos y los manchurrones de tinta, los recuerdos de media vida y la posibilidad de averiguar algo, lo que fuera, de aquellas personas para las que alguna vez fui importante o querido. Mario Picazo dio en las noticias que en Zaragoza llovían letras -seguía lloviendo y la gente las guardaba en los bolsillos-, lo sé porque me quedé abrazado a la caja de zapatos, ahora vacía, con la mirada perdida en alguna de las 625 líneas, balanceando mi cuerpo en la vieja mecedora y jugando con el mando a distancia, cambiando con desgana de un canal a otro, hasta que se desprendieron los botones de goma y unas cuantas letras que se habían quedado enganchadas en las mangas del jersey que me regalaste cuando volviste de Madrid.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco" , Marzo 2006)

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sábado, 24 de diciembre de 2005



Está nevando fuera en la calle, dentro en mi garganta. Como cuando aún creía en los tesoros y nevaba. Como en Febrero que fotografiaba todo, los monigotes de nieve y los niños en el parque y luego tú paseando por la plaza y yo siguiéndote. Porque yo te seguía. Te seguía hasta el borde mismo de cualquier precipicio. Hasta lo alto del carrusel. Hasta la noche más gloriosa que tuviéramos. Te seguía aunque no lo vieras.

Está nevando y necesito otro café que ni siquiera es café porque la máquina dice que es una bebida al gusto de café, que es como decir que las cosas no son cosas, sino algo con regusto a algo. Ya sabes, todo un descubrimiento científico, el amor no es amor, sino una bebida con gusto a amor.

Sigue nevando, como cuando aparecía por sorpresa y no me esperabas y te tapaba los ojos con las manos y decía, hola estoy aquí, y tú sonreías y luego follábamos o leíamos cuentos o bebíamos vino o simplemente nos nevaba, nos caía en copos nuestra historia por encima del sofá.

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martes, 20 de diciembre de 2005


Lo único que permanecía inalterable en los últimos diez o quince años de su vida era el tamaño de sus propios pies. Eso y sus zapatillas rojas de cordones desgastados. Acostumbraba a dar zancadas largas como si de esa forma pudiera llegar antes a alguno de sus lugares felices. Luego sucedía que siempre se estrellaba de manera parecida contra realidades agrias, agrias y mortales como el veneno de un pez globo.

Así que decidió subirse en lo alto de cualquier cosa que lo mantuviera lo bastante alejado del suelo como para no volver a tropezar, ni a caer, ni a precipitarse contra ninguna otra mujer.

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viernes, 16 de diciembre de 2005


Estimado Sr. Alterio:

Permítame que le diga que no tiene ni idea, ni puta idea. Porque ande, dígame ahora cómo hago para sobrevivir a ella, al enorme cráter que se levanta entre mis costillas y el ventrículo izquierdo, cómo hago para enfrentarme al lugar exacto que habitaba su vestido amarillo en el centro de la cama, a mis días que vienen, a la historia de ellos. Dígame, y ya perdonará las maneras, pero usted parece un buen tipo, esa clase de personas que saben lo que se dicen, y claro, cómo no iba a creerle cuando me dijo que todo marcharía bien, que sería un buen año. Debería haber saltado del vagón en marcha. Ahora lo sé, debería haber saltado. O eso o quedarme en Holanda en aquella fiesta mejicana, muerto de la risa pero muerto, o mejor, en Los Alpes con un trajecito tirolés persiguiendo cuesta abajo a Miss Invierno . Ahora resulta que odio a Sabina, a Krahe a Serrat, Internet (el mismo Internet que me trajo sus primeros mensajes que hablaban de guantes y sus cartas en sobres rojos) , odio el Mercado Central y las ranas, el cine francés y los martes palíndromos, odio las lecciones de matemáticas y la lógica, el máximo común denominador y el mínimo común múltiplo, es decir, todo lo que ella ha descubierto tener en común con él en cuatro días y todo lo que se vino abajo una tarde de domingo. Puede que algún día también llegue a odiar los domingos. No, puede no, ya los odio. Odio toda mi vanidad, ahí la tengo encañonándome la nuca , es un revolver frío cargado de seis certezas en la recámara, que me hacen pensar que él es más listo, más intenso, más divertido y más flaco , por supuesto (eso salta a la vista) que escribe mejor y que le quedan mejor las camisetas y el cigarrillo colgando de su mueca de Lucky Luke, aunque lo peor de todo es que él sonríe mejor, y si me apura, Sr. Alterio, hasta llora mejor y ante eso, usted lo sabe bien, no hay nada que hacer.

Dígame cómo hago, cómo hago para dormir más de dos horas, o simplemente para dormir, para no vomitar todas las palabras que nos dijimos. Hubiera sido de agradecer un final triste y hermoso pero, por Dios, no esto, esto no. Que alguien me diga cómo hago para no volverme loco, para no pensar en cuando ellos juegan al ratón y al gato por la ciudad o en la cama, en su manera de sentarse en el suelo junto a ella, entregándole el espejo en el que ahora se miran juntos, en el mismo instante en el que su niña asustada echó a correr porque supo que algo grande pasaba, algo como escuchar de lejos el sonido de un maremoto que se aproxima y luego arrasa con todo, en si ella será la mujer de las orejas perfectas, que lo es, la chica de la minifalda estampada, que también lo es, en ella temblando y siendo rescatada cada tarde. En el último martes y trece, martes martes. En su olor a mandarina. En lo bien que sale en las fotos que yo nunca tuve, que nunca me dejó hacer. En lo guapa que se siente ante sus ojos. En su vida en la garganta cuando entra por la puerta. En sus doblones de oro acunados en sus manitas felices. En cuándo empezó todo y se vino abajo nuestro castillo de naipes. En que ella le escriba cosas tan bellas y que necesite gritarlas al mundo. En que lo que estoy escribiendo ahora es una mierda y cómo no iba a serlo.

No estaría mal Sr. Alterio , que alguien me diera un par de buenas noticias, una sola, una señal, un empujón hacia algún sitio mejor. Lo demás, lo sé, es tiempo. Tiempo y no pensar de más, cosa que no se me da nada bien. Sé que pasará, que ya estuve aquí, aunque no de este modo, que volverá el color de mi sonrisa y alguien me buscará en alguna parte, que aprenderé a olvidar y mi buzón se llenará de cartas en sobres coloreados con cuentos de amor delicados como una caligrafía japonesa. Que para alguien, algún día, volveré a ser algo hermoso y grande que merece la pena cuidar. Que volverán las caricias a mi dedos. Que haremos viajes hermosos y nos reiremos de esto. Sé que pasará, que no hay pócimas mágicas para esto ni bálsamo de Fierabrás, sólo tiempo, tiempo y más tiempo.

Déjeme al menos Sr. Alterio, el derecho al pataleo, a tocar fondo y a sorberme los mocos.

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viernes, 9 de diciembre de 2005


Escribe de madrugada algunas líneas tristes, quizás para cuando lleguen tiempos mejores y pueda contemplar desde la distancia todo ese insomnio depositado milimétricamente sobre la colcha huérfana de brazos, lo hace seguramente para memorizar estas horas largas, largas como los dedos de un pianista búlgaro a punto de ejecutar una pieza, tan carentes -las horas- de calma y de razón. Escribe en este mismo instante, y esto es real, para no olvidar el sonido ronco de su corazón rompiéndose bajo el peso de una historia de amor, una historia importante y grande, que se apaga como un fuego pobre y pequeño. Escribe y sigue escribiendo, se desespera porque sabe que mientras escribe, en el mismo intervalo de tiempo, ella reposa abierta como una flor en otro cuerpo, un cuerpo nuevo.

Da vueltas sobre sí mismo en la cama, a ratos llora de rabia o de impotencia. "Por favor", ruega en voz alta que todo esto acabe, que no tenga que devorar más orfidales. Se levanta de nuevo, se vuelve a acostar. Añade algunas líneas. Piensa y desea que nada de la tristeza de esta noche, de todas las demás noches, sea inútil, que sirva para algo, que tenga sentido. Que toda esa desgana no sea en vano y deje de sentirse minúsculo. Pide, no sabe muy bien a quién, que regresen el apetito y las piruetas en la cama, que la risa se le escape de cualquier manera, como quien hace entrega de un regalo hermoso sin saberlo, que todo esto parezca, ojalá pronto, uno de esos viejos terrores nocturnos que solían desvelarle hace tanto tiempo y de los que nunca más se supo. Que mañana el dolor que cuelga de sus ojos agotados, se haya desplazado la ridícula distancia de un átomo. Que vuelva el sueño reparador y a ser quien era.

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martes, 6 de diciembre de 2005


Se necesita superhéroe alado de cómic Serie-B para salir de agujero sin fondo. Los candidatos deberán aportar experiencia (demostrable) en casos perdidos así como un excelente manejo de situaciones desesperadas.

Razón : Aquí

Publicado por Puzzle a las 23:56
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jueves, 1 de diciembre de 2005


Lo último que vimos fue un enorme anuncio de ron Arehucas aplastando un furgoncito blanco. Luego, una guagua que intentaba esquivar los golpes de mar y viento. Vimos eso y a alguien santiguándose. Las autoridades recomiendan precaución. Madre llamó hace un rato con lágrimas en la boca del disgusto que llevaba y es que susto tras susto, siempre supimos que la isla no estaba preparada para lo que vino. Las calles son ahora un castillo de naipes venido abajo y todavía parece que se escucha el bramido del viento y el aguacero arrastrándolo todo. Se fue la luz, se apagó la ciudad entera. Yo lo supe porque quedaron atrapados en el ascensor un par de funcionarios del Cabildo con los que siempre coincido tomando el cortado, también porque nos dijeron de no ir a trabajar mañana. Lo dijo el alcalde. Dijo eso y que dentro de unas horas la policía tomará la ciudad para evitar el pillaje.

Algunos hombres se han quedado en casa mirando al cielo mientras las mujeres preparan algo caliente, sancocho o un caldo de papas. Madre, además de llorar, está preocupada porque ahora tendrá que cocinar todo lo del congelador antes de que se ponga malo. Lo peor, dice el abuelo, es lo de Agaete. Esta vez a Dios se le ha ido la mano con la tormenta y hasta ha perdido el juicio, el juicio y la puntita del Dedo. Nayra casi se cae de espaldas cuando han dado la noticia. Se ha sentado en el suelo con las piernas cruzadas y lo siguiente ha sido buscar en los cajones las fotos de la excursión a Guayedra. Por aquel entonces ya nos acostábamos y compartíamos gastos en el piso de Santelmo. La excursión fue idea de Chano, el compañero de piso de Nayra, más tarde se apuntó toda la pandilla. Hacíamos asaderos y saludábamos al pasaje cuando se aproximaba a la costa (más bien acariciaba) el ferry que volvía de Tenerife cada noche, luego cantábamos a Serrat y amanecíamos hambrientos de vida. Algunas veces doblábamos la cala para asomarnos a ver el Dedo y nos quedábamos sobrecogidos en silencio. El Dedo siempre apuntaba en la misma dirección que nuestros sueños. Nayra dice que nuestra pequeña viene de una noche en Guayedra, por eso ahora me mira y se le escapa una lágrima , en sus manos una decena de fotos del dedo, Chano haciendo el tonto y la pandilla posando para un mañana mejor.

La niña mira la tele, hoy se puede quedar un poco más porque mañana no irá a la escuela. Aparecen las primeras imágenes del dedo mutilado. El abuelo no deja de mirarse el final de las manos, como quien espera que algo importante suceda, está convencido de que mañana despertará sin el meñique o sin el anular y guarda el anillo de la abuela en una caja de galletas, no sea que lo pierda cuando se le caiga la falange y se nos termine el mundo.

Publicado por Puzzle a las 4:51
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