lunes, 31 de diciembre de 2007




Acaban de alcanzar velocidad de crucero cuando el comandante Lozano felicita el Año Nuevo a través de la megafonía de cabina. Su voz suena lejana y metálica, como si alguien procedente de una civilización remota y mucho más avanzada que la nuestra la hubiera dejado grabada tres mil años antes en un artefacto imposible que ahora, tres milenios más tarde, es capaz de reproducir para todo el pasaje aquel mensaje cifrado.

Sirven el catering de empresa barata y algo de alcohol -invitación de la casa- para celebrar el nuevo año a once mil pies de altura. Al pasajero 34-A aún no le ha dado tiempo a diseccionar con detalle la estupenda colección de curvas de la azafata de rasgos vikingos que reclina su cuerpo frente a él, cuando la desconocida sentada a su lado (la pasajera 34-B) rompe a llorar amargamente. Llora con los dos ojos y llora bien, muy profesional en su llanto. Cualquiera diría que se está vaciando por completo, porque derrama tantas lágrimas y tan amargas todas como para rivalizar con el océano que sobrevuelan en esos momentos. Alguna de esas lágrimas cae al abismo de un escote generoso, casi de adolescente recién florecida. Ella apenas puede articular palabra cuando el chico le pregunta si se encuentra bien. Habla, o hace el intento de hablar, en medio de un ataque de hipo. Finalmente consigue sollozar algunas palabras y le lanza la extraña petición: “¿Serías tan amable de enamorarte de mí mientras dure el trayecto?”.

La azafata de rasgos nórdicos les pregunta qué desean beber con la cena. Agua, dice él. Jugo de naranja, dice ella entre sollozo y ataque de hipo. El pasajero 34-A tiene la pregunta resonando todavía en el centro exacto de su órgano de Corti, como si no quisiera desprenderse de ella o como si quisiera cerciorarse de que la ha escuchado bien. Se sabe que a ciertas altitudes, el oído sufre algunas alteraciones conocidas. La pasajera 34-B le explica una serie de cosas que conviene aclarar. Por ejemplo, que viene de ver a su amante casado. Un amante que nunca abandonará a su mujer y que no está enamorado más que de sí mismo. El pasajero 34-A traga saliva y acepta enamorarse de ella. Faltaría más. En realidad cree que se puede enamorar de ella todo el tiempo que haga falta. Es indicativo de algo, que a once mil pies de altura, cuando están a punto de empezar un nuevo año, el azar, o lo que sea que dirige al azar, le haya sentado al lado de la pasajera 34-B, que realmente parece triste y que además llora estupendamente. Francamente bien. Y el pasajero 34-A, que no recuerda cuándo fue la última vez que sintió un cuerpo de mujer a menos de medio metro del suyo, está convencido que quizás todo eso sea una señal de algo grande que está por venir con el nuevo año.

Ahora parecen una auténtica pareja, incluso no sería faltar a la realidad si dijéramos que el resto del pasaje los contempla con envidia. Se toman de la mano, son como un único pasajero, el pasajero 34, sin más, sin ventana ni pasillo, sin letras A y B. Lo comparten todo, todo lo que se puede compartir a once mil pies de altura, el catering de empresa barata, el agua, el jugo de naranja (es la primera vez que el chico escucha decir “jugo” en vez de “zumo”), la finísima manta con el logotipo de la compañía que opera vuelos charter en Navidad y por supuesto, la película casposa de fin de año. Para el pasajero 34-A ya no hay azafata con curvas que valga. Ahora tiene que preocuparse de otras cosas, de cuidar a la pasajera 34-B, de devolverle la confianza en sí misma, porque algo le dice que es el comienzo de una nueva vida junto a ella, porque ella se dará cuenta (no puede ser de otro modo) de lo equivocada que está y de lo estúpido y vanidoso que es su amante casado, y por supuesto de lo buen tipo que es el chico que le ha tocado justo por azar (o lo que sea que dirige al azar) en el asiento de al lado. El 34-A. Y que ese chico, y no su amante casado, es el que le conviene por encima de todas las demás personas. El pasajero 34-A ya mira a la chica con ojos de enamorado. Iremos a Lisboa, amor, iremos a Bérgamo. Iremos juntos y nuestros hijos tendrán tus ojos y tu ceño fruncido, y sabrán llorar casi tan bien como tú cuando lloras a once mil pies de altura.

Doce horas más tarde aterrizan en destino. Por primera vez en mucho tiempo, no les resultará tan duro a ninguno de los dos llegar a una terminal donde no les espera nadie. Eso es lo más duro siempre. Que nadie te espere en la terminal. Por eso, la idea de un nuevo comienzo, de una nueva vida, es algo que reconforta al pasajero 34-A que en realidad se llama Lucas y que todavía sigue tomando de la mano a la pasajera 34-B: Nuria en lo sucesivo. Ambos esperan apoyados el uno contra el otro a que la cinta de equipajes vomite sus maletas. Lucas puede imaginarse cargando todos los bultos en un único carrito, desempeñando ya las funciones típicas de leal compañero de viaje, deteniendo un taxi a ninguna parte que abordarán como quien sube a una montaña rusa, con un nudo en el estómago y la sonrisa floja, blanda, indicando alguna dirección en la que poder caer rendidos después de un largo viaje, el lugar en el que amanecer en algún momento y tomar un chocolate con churros y algunas decisiones importantes en común. Claro que las historias de amor duran lo que duran. Y esta dura lo que tarda en sonar el móvil de Nuria, que al otro lado del mundo, escucha con detenimiento la voz quebrada de su amante casado, ahora algo menos vanidoso, interpretando el papel de perfecto arrepentido y que sostiene, ciertamente convencido, que desde que Nuria subió a aquel avión, no deja de pensar en ella. Sólo en ella. Lo de SO-LO subrayado. Y a Nuria que le flaquean las rodillas, se desmorona sobre la cinta transportadora, encima de alguna maleta sin dueño, y llora de la emoción, llora por los dos ojos, llora bastante bien, mientras se aleja en la cinta, muy profesional ella, con sus lagrimitas y su Samsonite sin apenas tiempo para percatarse de Lucas que le dice adiós con la mano, la misma mano que hace apenas un instante le tomaba la suya y con la que ahora no sabe muy bien cómo manejarse.

Imagen: © Donald Cecil

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Febrero 2008)

Publicado por Puzzle a las 1:32
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9 desvaríos  

lunes, 17 de diciembre de 2007




Daniel era un adolescente de ciudad, medio contrahecho y ligeramente torcido de cintura para arriba. Por eso llevaba aquel enorme corsé metálico: una suerte de cárcel que le encerraba el cuerpo desde la cadera hasta el cuello. Andaba con la mirada bien alta, como apuntando al cielo en busca de respuestas y de días soleados que no llegaban. El manejo era complicado, sus apariciones públicas requerían de ciertos preparativos que impedían que se prodigara con frecuencia; no podía tomar el autobús (todos recuerdan los interminables episodios de caídas y resbalones intentando acceder a la línea treinta y tres) y tenía que entrar a los vehículos apilado como un tronco de árbol recién talado.

De vez en cuando y en los momentos más inesperados, extraviaba algún tornillo por la calle, si le alcanzaba el valor pedía ayuda para que alguien lo recogiera, alguien que de una manera o de otra dudaba primero ante la idea de que le estuvieran gastando una broma pero que, al final, viendo los hierros que asomaban por el cuello de la camiseta se prestaba a la búsqueda. Muchas veces Daniel volvía a casa con un desconsuelo de más y varios tornillos de menos, lo que le obligaba a visitar de nuevo la ortopedia, ya fuera para engrasar algún remache o para rescatar las piezas desencajadas y perdidas por el camino o el ascensor. La primera vez que pisó aquel horrible lugar era verano, verano de aceras pegajosas, el resto de adolescentes de ciudad poblaban las piscinas y los parques, mientras Daniel solía recordar, revivir más bien, la sensación desapacible y húmeda de su cuerpo recubierto por una sopa pastosa de escayola fría, el silbido ahogado de su propia respiración en el cuartillo de atrás mientras cuajaba el molde y lo lejos y ajeno que se sentía a todo lo demás dentro de aquella mala copia de sí mismo. Dormía en su jaula de metal y soñaba con aviones que se estrellaban contra patios de colegios deshabitados, con hombres grises que ascendían rampas de garajes de ciudades también grises y, cada vez con más frecuencia, con títeres incontrolados y torpes, fantoches desposeídos de toda dignidad que se apilaban en el asiento de atrás como árboles talados.

Odiaba las líneas rectas y los espejos. Detestaba ser el fatal depositario de la crueldad de aquellos que se burlaban o le bautizaban continuamente con motes nuevos, grotescos, gastados de tanto uso: Jorobadito y mal hecho, Robocop y a veces, simplemente Mazinger.

Daniel enseguida se dio cuenta de que Nuria (aquella muñeca de porcelana de la primera fila) nunca se fijaría en él, lo mismo que Rosa, Violeta o Blanca y exactamente igual que Raquel. Ninguna chica en su sano juicio querría acercarse o reparar en alguien que apenas podía andar diez metros sin tropezar, que hacía saltar los detectores de metal que encontraba a su paso o que no podía volar en columpio ni atarse los cordones de los zapatos. En realidad, Daniel sí se relacionaba con chicas, en la salita de espera del hospital (antes de las sesiones de rehabilitación diarias) coincidía con muchachas portadoras de corsés como el suyo que intentaban ocultar con la ayuda de alguna bufandita o pañuelo al cuello y que evitaban los escaparates de tiendas bonitas que reflejaban la imagen distorsionada de sus cuerpos y sus pechos recién florecidos y aplastados por el hierro, mujercitas metálicas que lloraban pequeñas lluvias porque intuían, o sospechaban que nunca podrían llevar vestidos hermosos y faldas de volantes con las que bailar descalzas por los parques y correr por las calles. Lo cierto es que Jorobadito siempre hubiera querido decir algo, darse a conocer de algún modo, pero todo el valor del que disponía lo guardaba para cuando volviera a perder algún tornillo en el supermercado, así que nunca decía nada y se dedicaba a poner cara de comprender.

Mientras tanto, los otros chicos salían y conocían el sabor de los primeros besos, de los cigarros a escondidas y los combinados de ron y tequila, los reservados de la disco y los mensajes de amor enviados en aviones de papel. Jorobadito nunca recibió invitaciones a fiestas de cumpleaños, tampoco para jugar a la pelota en el patio (aunque ofreciera su bocadillo a cambio y siempre se quedara sin almuerzo y sin partido. Como no podía ser de otra forma, Nuria se decidió por el tipo que más goles marcaba en la liga local (con el tiempo sería un fenómeno en casamientos por penalti), Rosa por el matón de Quinto B (el que empujaba a Robocop escaleras abajo) y Raquel le dio su primer beso al chico que años más tarde le partiría la boca, los dientes y el alma sin contemplaciones de ningún tipo. Blanca, que siempre andaba buscando bronca, se despachaba de lo lindo con Violeta en el vestuario de chicas y se volvió un marimacho y campeona absoluta de lucha libre cuando llegó a la universidad.

Jorobadito siguió perdiendo los tornillos a pares, tropezando consigo mismo y con sus desánimos y soñando con aviones y hombres grises, mientras los huesos le dolían y le bailaban por dentro descompasados. Probó a colgarse ladrillos de las manos y las piernas, estirarse con un sistema de poleas que imaginó en una de aquellas interminables y dolorosas sesiones de rehabilitación, y planeó vivir suspendido del revés una vez que descartó la idea de dejarse aplastar por una apisonadora marca Acme que le dejara bien plano y fino como un cromo de Naturaleza y Color o un pergamino japonés. Manejó miles de opciones hasta que finalmente se decidió por nadar todas las mañanas hasta perder el resuello y dejarse caer en un gimnasio de barrio por las tardes. Siempre ocupaba dos taquillas, una para la ropa y otra para la armadura y como tocado por una idea feliz, aprendió con el tiempo a gastar bromas referidas a su prototipo y a reírse un poco más de su sombra alargada y tiesa. Ahí comenzó a cambiar todo.

Aún se recuerda la gran explosión metálica y los tornillos de aquella coraza saltando por los aires el día que revelaron la primera radiografía que no parecía un cuadro de Kandinsky. El momento justo en el que certificaron su verticalidad y pudo gritarlo al mundo.

Alguien me contó que Daniel no tardó en descubrir el sabor de los besos a tabaco, que terminó tocando en un grupo de pop con cierta repercusión a nivel nacional y que, de tarde en tarde, puedes verle en la sección de libros de unos grandes almacenes arrojando tornillos al suelo (tornillos que lleva escondidos en el bolsito vaquero de Marta, su novia) y pidiendo por favor que alguien se los recoja. Resulta que ya le alcanza el valor.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Diciembre 2007)

Publicado por Puzzle a las 13:13
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7 desvaríos  

miércoles, 12 de diciembre de 2007


El señor Azul (lo de azul viene por una mala traducción relacionada con la extensa gama de tristezas que es capaz de alojar en las entrañas) hace todo lo necesario para no pensar. Lee libros para no pensar, escribe tonterías para no pensar, también lo hace para que alguna antigua novia suya -que, por otra parte, no quiere saber nada de él- pueda criticar esas estupideces que escribe de vez en cuando. Por eso y porque le gusta que le metan caña que, dicho sea de paso, le sirve también para no pensar. Se pierde en avenidas sembradas de soportales que bostezan despedidas para no pensar y solicita en algún estanco -con el correspondiente impreso- un poco de ternura de segunda mano para no pensar. Acude a la oficina para no pensar, le mira el culo a la de Recursos Humanos para no pensar, disimula estar bien o tirando (lo que él denominaría "normal") para no pensar, camina como si le persiguieran los recuerdos con tal de no pensar, se compara con tipos que jamás serán como él para no pensar, se detiene en los escaparates de lencería fina y no reconoce su reflejo entre tanto maniquí de medidas perfectas, si es que eso puede decirse que sea algo que ayude a no pensar. Observa a la mujer del tiempo y sus manos de mujer del tiempo para no pensar. Se imagina todas esas borrascas avanzando entre sus costillas. Entra en una agencia de viajes, se presenta, soy el señor Azul, dice todo pomposo y a continuación averigua la mejor manera de abandonar la ciudad discretamente, quiere visitar ciudades con nombres impronunciables, para que luego no puedan encontrarle -Tewkesbury por ejemplo- incluso cuando los de la agencia de viajes le contemplan de un modo extraño, el señor Azul les mantiene la mirada para no tener que pensar, uno, dos, tres...cinco...diez y les sigue mirando para no pensar. Se salta los semáforos para no pensar y encaja con indiferencia los insultos del taxista que ha tenido que esquivarle en el último momento. Hace fotos de las aceras que pisa para no pensar, duerme con viuditas desdentadas para no pensar, silba canciones tristes, todo para no pensar. Visita amigos que creen firmemente en la posibilidad de no pensar -al menos durante un tiempo-, intenta alargar ese tiempo, estirarlo como si fuera un domingo de un verano que una vez tuvo y se marchó dando tumbos, fuma (él que nunca ha fumado) cigarrillos bajos en nicotina para no pensar, responde cartas atrasadas para no pensar, hace el equipaje y lo llena de ropa interior como para una vida entera y también aunque muy de vez en cuando, se fuga con la vecina del sexto que no está nada mal, total, para no pensar. Hace cualquier cosa para no pensar, lo que sea, tampoco toma líneas de metro de color azul o gris, porque significaría sin duda la manera más torpe de quedarse atrapado en aquello en lo que no quiere pensar. Pero sobre todo, y por encima de todas las cosas, el señor Azul nunca se enamora, para no pensar.

(Publicado en la revista cultural "El Desembarco", Enero 2008)

Publicado por Puzzle a las 15:12
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